La tarjeta
Jack Furrillo estaba sentado en una silla de plástico duro al pie de una cama de hospital y contemplaba a su padre, Anthony, que, inmóvil y esquelético, yacía en coma profundo. Jack observaba los tubos que le hacían respirar, le proporcionaban medicación y sustento a través del brazo, largo y lleno de pinchazos, y eliminaban los productos de sus evacuaciones. Después volvió la cabeza lentamente y fijó la vista en la pantalla donde aparecían los gráficos de funcionamiento del corazón, del cerebro y de la media docena de cosas que Jack nunca había pensado que existieran.
Pero Jack no estaba solo. Mientras velaba, las enfermeras entraban, le saludaban con la cabeza y examinaban a su padre, le cambiaban de posición para que no se llagara, lo lavaban para evitar cualquier infección, ajustaban la intravenosa, revisaban el material y se volvían a marchar. No le decían nada ni a él ni a su padre. Quizás esperaban que Jack llevase la conversación, que leyese en voz alta o explicase los acontecimientos diarios, o que balbucease recuerdos queridos que pudieran provocar en el enfermo una sacudida, un gemido o una sola y milagrosa palabra.
Jack no hacía nada de todo eso.
Sólo observaba y esperaba, y, a pesar del hecho de que no creía en ningún dios ni en poderes controladores ni en una inteligencia etérea central que atendiese a sus deseos, rezó para que su padre no muriera. Entonces, no. Ni nunca.
Más que ninguna otra cosa, Jack quería que su padre pasara la eternidad en aquella cama, enganchado a aquellos aparatos, con la muerte al otro lado de la puerta pero sin poder entrar.
Y cuando las horas de visita terminaban, se levantaba, se desperezaba, se aseguraba de que el enfermo no había muerto mientras él no miraba y después salía de la habitación color verde pálido hacia el corredor color blanco y saludaba con un movimiento de cabeza a la enfermera de servicio. Invariablemente, ésta le sonreía cortésmente. Invariablemente, Jack le devolvía la sonrisa y salía con la demás gente, mujeres con chaquetón gris oscuro, hombres con trajes que les caían mal, tonos nerviosos, a la vez contentos por marchar y con sensación de culpabilidad por hacerlo. Tomaba el ascensor para bajar al vestíbulo y se aguantaba todo lo posible para no correr hacia su coche.
Ésta había sido su rutina diaria durante cincuenta y nueve días, todos los días desde que aquella serie de ocho ataques, cada vez más graves, había hecho saltar a Anthony del sillón del despacho de su fábrica de artículos electrónicos para caer sobre la alfombra oriental de color azul (que le había costado más, según decía, que lo que había tenido que pagar por la educación de Jack).
Transcurridos quince días, las visitas de los amigos de su padre —ramo de flores en mano y mirada temerosa de estar viéndose a sí mismos— se hicieron menos frecuentes. Después de la tercera semana, dejaron de telefonear por las noches para preguntar por su estado; después de la cuarta, dejaron de enviar a Jack las tarjetas diciendo lo muy apenados que estaban y cuán fervientemente deseaban que Anthony no tardara en reponerse.
Dejaron de llamar porque se enteraron de la horrible verdad: que el enfermo no se recuperaría nunca. Los tubos conectados a su cuerpo no mentían. Lo que no sabían era que el viejo era un asesino impenitente y nunca castigado por la justicia.
Después de cada visita, Jack regresaba en coche a la mansión del siglo diecinueve situada en los límites de la ciudad. Anthony había querido tener tierras, pero no vecinos; deseaba convertirse en un señor feudal, vivir en una colina y mirar hacia abajo con desdén para ver a los campesinos apresurarse a cumplir sus órdenes. No tenía la colina ni tenía ningún título nobiliario, pero tenía la tierra, la fábrica y a todos los trabajadores.
También había tenido una esposa, la cual, después de 25 años, no había aguantado más sus intimidaciones, sus burlas y sus órdenes no del todo explícitas de que debía mantenerse a diez pasos por detrás suyo y había decidido cortarse las venas en la bañera. Jack, que tenía entonces dieciocho años, la había encontrado y con ella la nota que nunca había enseñado a su padre; una nota sencilla, que decía sencillamente: «Te odio».
Jack echaba de menos a su madre, a pesar de sus defectos y de que no se había preocupado de él cuando el muchacho necesitaba algo más que sermones para encontrar su camino a través de la adolescencia. Ella se había entregado al alcohol para aliviar la pena de los abusos de su marido. A veces, Jack había imaginado un plan de venganza para hacer pagar a su padre todas sus maldades. Y lo peor que había podido imaginar era incendiar la fábrica, pero nunca había tenido valor suficiente para hacerlo.
Cada uno de aquellos cincuenta y nueve días había abierto la gruesa puerta de roble para entrar en el gran vestíbulo delantero y se había sentado a una mesa de caballete colocada delante de la gran ventana. Fuera, podía ver el extenso y ahora ligeramente descuidado prado y la línea de nogales que lo protegían de la carretera. Dentro, directamente delante suyo, había una pantalla de color, un teclado, un par de unidades de disco, un modem y más de una docena de fundas de plástico que contenían otros tantos discos… Sin preocuparse por mirar las etiquetas, cogía algunas y se pasaba las dos o tres horas siguientes abatiendo seres galácticos, astronaves y bombarderos. Después cambiaba la programación para dedicarse a la búsqueda de monstruos y brujos, todos ellos parecidos a su padre.
Cuando terminaba, se calentaba una cena congelada sin tener que levantarse de la silla. Esto le parecía más increíble que cualquiera de los juegos y programas que había visto en su vida. Todo lo que había hecho falta para poder hacerlo era una tarjeta y un programa y un poco de imaginación, y con sólo apretar una tecla podía conectar la TV, preparar sus comidas y hacer llamadas, todo sin tenerse que preocupar. Era maravilloso.
Más que maravilloso, era inmensamente satisfactorio, porque su padre opinaba en vida que no era natural que se pasara todo el tiempo delante de una pantalla de televisión, sobre todo tratándose de un hombre como él, que aún no había cumplido los treinta años. Le dijo a Jack que acabaría dependiendo tanto del ordenador que se le atrofiarían los brazos y las piernas, y que nunca llegaría a ser capaz de hablar cara a cara con otros seres humanos, por ejemplo, con los empleados de la fábrica. Convenció a Kyrin, la novia de Jack, de que se estaba convirtiendo en rival del ordenador, y de que Jack tendría que decidir cuál de las dos era más importante.
Costó casi un mes, pero Jack eligió el ordenador; no permitiría a su padre ni por un minuto más que le dictase los actos de su vida.
A decir verdad, echó de menos a Kyrin, pero también pensó que la muchacha se habría quedado con él si realmente le hubiese amado; y, además, había otras mujeres y sin duda alguna de ellas amaría a la máquina tanto como la amaba él. Suspiró, se echó atrás en su asiento y dirigió una mirada hacia el exterior a través de la ventana. Estaba oscuro; los cristales sólo reflejaban su imagen.
Se sentía fastidiado. Había aquellos días algo en la casa que le daba sensación de incomodidad y le absorbía las energías, cuando él sabía que debería estar sintiéndose a las mil maravillas. Era como si el viejo no estuviese en el hospital sino arriba, o en su estudio, tejiendo la telaraña que Jack había estado luchando por romper desde que murió su madre. Sabía que todo esto era la ansiedad de la espera, pero de todos modos le fastidiaba; y estaba a punto de decidir irse a la cama cuando pensó en echar una mirada al tablón de anuncios local por si había algún mensaje.
Había uno, y estaba cerrado. Usó su contraseña y esperó a que la pantalla quedase en claro, y después nuevamente con imagen.
—Maldita sea —dijo—. ¿Qué demonios es esto?
JACK, LLAMA A TU PADRE
—Caray —murmuró—, esto es pasarse de morbo.
Parpadeó un par de veces, después marcó el código del hospital y subió el volumen del amplificador. La centralita de recepción trasladó la llamada a Cuidados Intensivos, desde donde, a su vez, fue puesto en comunicación con el doctor Inglis.
—Hola, Jack. He estado esperando tu llamada. —La voz era calmada, profesionalmente sombría.
—Demonios —dijo Jack, adivinando el problema instantáneamente.
—Sí, temo que sí, Jack. Hace aproximadamente quince minutos. Su corazón se rindió. Había sufrido daños irreparables.
—Demonios.
—Fue rápido el final, así que podemos estar agradecidos. No se siente nada en un coma así.
—Claro. —Jack había esperado que su padre hubiese tenido que aguantar por lo menos tanto tiempo como el que había estado casado con su madre.
Hubo una pausa.
—¿Jack?
—Sigo aquí.
—¿Vas a hacerte cargo de las disposiciones?
—Sí —asintió él—. Mañana a primera hora.
—Muy bien. —Otra pausa— Jack, ¿crees que te encontrarás bien? Quiero decir, ¿quieres que pase por ahí y te de algo para ayudarte a dormir?
—No —contestó él, sin vacilación—. No. Es… —buscó las palabras adecuadas—. No es una sorpresa. Pero, de todos modos, es un golpe.
—Desde luego —dijo Inglis—. Ya sé que esto no te servirá de alivio, pero te acompaño en el sentimiento. Y es algo sobre lo cual no debes experimentar la menor sensación de culpa.
—Supongo que no —contestó Jack, aunque deliberadamente dubitativo. Y se disponía a cortar cuando pensó en algo más—. A propósito, ese mensaje que dejó su enfermera… debo decir que, dadas las circunstancias, era de bastante mal gusto.
—¿Qué mensaje era ése?
Jack se lo dijo.
—Oh. —Jack se imaginó al orondo personaje haciendo muecas de disgusto en su silla de cuero negro—. Seguro que fue algún malentendido. Tendré unas palabras con ella.
—Bastará con una advertencia —dijo Jack con amabilidad—. No es necesario trastornarla. Probablemente no lo pensó bien.
Inglis se mostró de acuerdo; habló un poco más, como si sintiera que Jack necesitaba compañía, y después colgó el aparato con la promesa de llamar al día siguiente para comunicar cuándo sería el funeral.
Cuando hubo colgado, Jack se puso de pie tan rápidamente que la silla se volcó. La miró con expresión estúpida, después sonrió y corrió hacia la cocina en busca del champaña que tenía guardado en el armario. Llenó un cubo con hielo, envolvió la botella con una toalla y corrió escaleras arriba para darse una ducha y ponerse después la mejor ropa que tenía. Una hora más tarde estaba paladeando una copa en el salón, recordando y brindando a la memoria de su madre suicidada y lanzando maldiciones contra el viejo animadamente por haber muerto tan pronto.
—Padre —dijo—, tuviste éxitos y estuviste muy cerca de ser obscenamente rico, y no eras más que un hijo de perra de primera categoría.
Exactamente a las once y cincuenta minutos la computadora emitió un breve pitido y Jack oyó los débiles chasquidos que los cierres electrónicos produjeron al cerrarse en todas las puertas y ventanas. La mansión estaba segura.
De mala gana, tuvo que dar gracias a su padre por el sistema de seguridad. Cuando Anthony se dio cuenta de que Jack se tomaba muy en serio la exploración de los límites del ordenador y después de una serie de robos y asaltos a la ciudad, sugirió al muchacho que podían hacer instalar un generador auxiliar en el sótano y un nuevo sistema de cierres. Jack se había resistido, pero Anthony tenía muy metida la idea en la cabeza y, además, temía mucho que los campesinos invadiesen su finca, así que no sólo cambió los cierres sino también las ventanas, a las que hizo poner triple cristal a prueba de balas y conexiones que hicieran sonar la alarma.
—Esto es el colmo —se había quejado Jack—. Es como vivir en un calabozo, por mil diablos. Me iré a buscar un apartamento en la ciudad.
Anthony se había limitado a reír, y después preparó un cebo para retener a su hijo en la casa: una tarjeta de control para ordenadores que había comprado tiempo atrás y con la cual había estado experimentando durante los últimos cuatro meses.
—Es como un pedazo de mí mismo, para que juegues —dijo, entregándosela con un floreo—. Te servirá para no sentirte solitario.
Era un convertidor analógico-numérico, el nombre del cual no significó nada para él salvo saber que haría lo que él quisiera que hiciese: vigilar los cierres y encargarse de la cocina, como si se tratase de un ejército de robots dispuestos a satisfacer sus caprichos. Jack emitió una risita, se recomendó prudencia al sentir que un ligero vahído le debilitaba las piernas y se marchó a la cama, donde durmió con una satisfacción como no había sentido en los dos últimos meses.
Los días que siguieron fueron demasiado agitados para poder pensar en otra cosa que no fuese poner al viejo donde le correspondía. El funeral se fijó para un día más tarde, lo relativo al testamento se resolvió con facilidad (puesto que él era el único heredero) y al cabo de una semana todo había terminado. Los afligidos se habían marchado, todos los pormenores habían sido resueltos y ahora él tendría que decidir lo que haría a continuación.
Vender la fábrica de material electrónico era tentador —ciertamente, habían existido muchas ofertas— pero él no era tan tonto como para pensar que las cuentas bancarias durarían indefinidamente si dejaba de ingresar dinero en ellas. Puso en claro con el administrador de su padre que, aunque no tenía intención de presentarse en la oficina todos los días, seguía manteniendo el control de la fábrica y tendría que ser consultado antes de tomar decisiones importantes.
Hizo una sola aparición por la fábrica para vaciar su mesa. Comió en los mejores restaurantes que pudo encontrar. Y visitó la tumba de su madre para decirle que todo había terminado y que el malnacido de su esposo estaba por fin muerto. Concretó su intención de ponerse en contacto con alguna mujer del tablón de anuncios y, para su propio asombro, incluso logró conseguir una o dos direcciones.
La vida, se dijo a sí mismo animadamente, no había hecho más que empezar. Al final de su segunda semana de libertad pasó un día entero dando vueltas en su carísimo coche nuevo y regresó a casa sintiéndose casi borracho. En el momento en que cruzaba la puerta, el monitor zumbó:
JACK, LLAMA A TU PADRE
—Pero, bueno… ¿qué significa…? —murmuró; era evidente que se había olvidado de borrar los mensajes antiguos. Lo hizo, y lo puso en marcha de nuevo.
JACK, LLAMA A TU PADRE
—¡Maldita sea! —cogió el disco que registraba las llamadas, lo miró, lo golpeó y lo volvió a meter en su sitio. Probó por tercera vez.
JACK, LLAMA A TU PADRE
—¡Será hijo de perra! —dijo.
Regresó al estudio, se sirvió una copa y la bebió lentamente. Cuando la hubo terminado, se sirvió otra y fue con ella a la habitación delantera. El mensaje aún estaba allí. Se encogió de hombros, se maldijo a sí mismo por no haberse tomado el tiempo necesario para aprender más sobre programación y llamó a varios expertos, los cuales le hicieron diversas sugerencias. Ni siquiera el cambio de discos borró aquellas cinco palabras. Antes de irse a la cama hizo unas cuantas llamadas a varios tablones de anuncios, donde dejó sendas peticiones de ayuda.
A la mañana siguiente, el mensaje estaba todavía allí. Inmediatamente hizo sus maletas y emprendió el viaje que había dicho a su médico que iba a realizar.
Planeó estar fuera sólo por un mes, pero al final de la primera semana se dio cuenta de que no había practicado ni un solo juego electrónico, ni había ido a ninguna sala de juegos, ni había tenido un solo sueño sobre ordenadores desde que se había marchado de casa. Al principio, le aterrorizó pensar que incluso podía llegar a padecer los síntomas de un síndrome de abstinencia; después, casi fue agradable. Ahora estaba en el mundo hablando con forasteros, viendo películas y obras de teatro y tomando fotos con una cámara que no había usado desde hacía años.
Se había, pensó… civilizado. Y resultaba perturbador, porque una vez más el viejo Anthony había demostrado tener razón: Jack había llegado a depender demasiado del ordenador para todo lo que fuera diversión y estímulo. Pero el viejo estaba muerto y no volvería a tener razón; y este alegre pensamiento le acompañó a cinco grandes ciudades, en tres de las cuales estableció contacto con mujeres de su tablón de anuncios. Hasta el mes de diciembre no sintió la nostalgia suficiente como para decidir regresar a casa; y fue dos días antes de la víspera de Navidad cuando cruzó la puerta delantera, dejó las maletas en el suelo y miró el ordenador, que esperaba encima de la mesa.
El deseo de abalanzarse sobre él fue muy intenso, pero recordó su nueva resolución, y por lo tanto deshizo las maletas, se duchó, se preparó una comida ligera para llenar su delicado estómago y puso papel nuevo en la impresora. Entonces llamó al tablón de anuncios.
JACK, LLAMA A TU PADRE
—Una broma —dijo, y dejó un mensaje abierto explicando concisamente que la cosa no era divertida, que su padre estaba muerto y que agradecería mucho a los remitentes que pusieran fin a aquella travesura.
Durmió mal. Tuvo visiones de su madre en la bañera, con el cabello gris en desorden, los ojos cerrados, los labios mostrando una débil sonrisa y las rodillas ligeramente alzadas por encima del agua color rosado oscuro. En el sueño, los ojos de la mujer se abrieron y ésta le dijo que llamase a su padre.
Más tarde, a la mañana siguiente, Jack llamó al doctor Inglis y le preguntó si era raro que alguien se sintiera afligido cuando en realidad se alegraba de que otra persona hubiese muerto. Inglis le dijo que probablemente estaba experimentando una sensación de culpa por el pensamiento de desear la muerte de un ser humano, y que esa sensación de culpa pasaría pronto.
—Culpa, un cuerno —dijo él, tras haber cortado la comunicación.
Jugó con el ordenador, pero no le resultó divertido; intentó perderse en fantasías, pero habían perdido su sabor; buscó mensajes de las mujeres a las que había visitado, pero no había nada en absoluto para él, ni siquiera una «bienvenida al hogar» o una felicitación navideña. Fue al cine, pero las luces, los árboles de Navidad y los Papá Noel de la calle le deprimieron y le pusieron de mal humor.
Volvió a dormir mal y pasó toda la víspera de Navidad recorriendo almacenes hasta que cerraron, comprándose regalos: juguetes, carteles y ropa, pero nada que tuviera que ver con el ordenador.
Poco después de las cuatro, se puso en contacto con el tablón de anuncios local.
JACK, LLAMA A TU PADRE… AHORA
Se puso a andar por la casa, tocando cosas, recordando, llorando por su madre perdida, furioso con su padre desaparecido y sintiendo pena de sí mismo. De camino a su cuarto, se detuvo de pronto en medio de la escalera y enarcó las cejas.
—¡Claro! —exclamó.
Después de todo aquel tiempo, y quizá demasiado tarde, había comprendido el problema: odiaba al viejo, sí, pero no por lo que Anthony había hecho a su esposa. Era por lo que no había hecho por su hijo. No había sido un padre. Había trabajado todos los días de la vida de Jack, y ni una sola vez se lo había llevado a dar un paseo o al cine; ni siquiera se había sentado a charlar con él de cosas sin importancia. Había estado demasiado ocupado en su afán por convertirse en señor de la hacienda.
La única cosa que había hecho Anthony (y la había hecho demasiado tarde) era regalar a su hijo un juguete estúpido para añadir a su ordenador, y aun en este caso la tarjeta era algo que sólo Anthony hubiera podido dar. Un pedazo de sí mismo, había dicho; más que eso, era otro vínculo.
—Malnacido —dijo, y empezó a bajar los escalones de dos en dos, para dirigirse a la puerta.
Iría a ver a sus abogados y les encargaría que vendieran la fábrica, la tierra, la casa y todo lo que había en ella a quienquiera que hiciese la primera oferta. Se trasladaría a otra parte del país y empezaría de nuevo. Lo podía hacer; lo había demostrado ya. Sería Jack Furrillo, nacido por segunda vez, y esta vez con un propósito: buscar una esposa y tener un hijo; un hijo al que trataría tal como un hijo debe ser tratado. No lo malograría, sino que lo amaría.
Empuñó el tirador y oyó los suaves chasquidos de los cierres de su padre por toda la casa. Intentó hacer girar el tirador, pero la puerta se mantuvo cerrada.
Jack corrió al salón y se sentó frente al ordenador. Se frotó las palmas de las manos y trató de utilizar el aparato para poder abrir la casa. No sería demasiado difícil, saldría de allí dentro de muy poco.
Al cabo de diez minutos empezó a maldecir. Un cuarto de hora después, empezó a soltar tacos. Transcurridos veinte minutos, alargó las manos por debajo de la mesa y lo desenchufó todo. Después cogió la silla más cercana y la arrojó contra la ventana delantera. La ventana retembló, pero no se rompió; las patas de la silla se desencajaron. Bajó al sótano, pero no pudo encontrar herramientas adecuadas; todo el trabajo en la casa había sido hecho por personal contratado para ello.
Arrojó todo lo que pudo levantar contra toda ventana que pudo alcanzar. Los cristales permanecieron intactos.
Poco después de medianoche, empapado de sudor y diciéndose a sí mismo que debía encontrar un modo de salir, volvió tambaleante al salón.
El monitor zumbó.
JACK, ES TU PADRE
Cuando se dejó caer en una silla y miró cómo se aclaraba la pantalla, sintiendo que el aire de la casa era cada vez más frío y húmedo, supo que había estado equivocado. No era culpa ni odio. Era miedo.
Tenía, y siempre había tenido, miedo del viejo; y no le costó mucho darse cuenta de que era exactamente eso lo que su padre había querido. El miedo le impediría huir, el miedo también le impediría luchar con demasiada fuerza, el miedo le haría permanecer siempre aquí, porque ni siquiera se acercaba a lo fuerte que había sido su madre.
Movió la cabeza de un lado a otro.
El monitor zumbó.
BIEN, HIJO ¿A QUÉ VAMOS A JUGAR?
NO TE PREOCUPES SI VOY DESPACIO.
TENEMOS MUCHÍSIMO TIEMPO.
Charles L. Grant